11.2.12

No hables con nadie


A sus 25 años, era la primera vez que Katya viajaba fuera del país. Hacerlo sola no la inquietaba, la seducía la aventura y –a diferencia de su madre- la incertidumbre nunca la intimidó. Viajaba a Toronto por invitación de una amiga canadiense, con pasaje incluido y el bonus de una visita de 48 horas a Nueva York, aprovechando la escala de American Airlines en esa ciudad. Su generoso anfitrión sería un tío de su amiga, residente en Manhattan, dispuesto a alojarla y a hacerle un city tour relámpago por la ciudad de los rascacielos. Nada podía salir mal. 

Era, por añadidura, su primera experiencia en avión. Habituada a moverse en buses dentro del Perú, flotar sobre el colosal manto de nubes que habitualmente cubre la capital y descubrir que más allá de esa bóveda gris había cielo y sol, la dejó muy impresionada. Durante las nueve horas del vuelo fue alternando esa visión extasiada del firmamento con la lectura de Papeles Inesperados, un libro póstumo de Julio Cortázar que reunía cuentos inéditos. Uno de ellos, «Manuscrito hallado junto a una mano», era la historia de un sujeto con cualidades telequinéticas que escribía sus increíbles experiencias mientras viajaba en un avión de fatal destino. Katya sonreía. Ni tenía ese poder ni tendría esa suerte. Era su primera vez fuera del país y tenía que ser extraordinaria.

Las dos horas de escala en Miami pasaron desapercibidas. Fue tiempo suficiente para avanzar su libro, comerse una hamburguesa y escribir un par de correos confirmando su llegada. Nueva York era una ciudad mítica para ella. Gracias a Woody Allen, la había admirado en Annie Hall, tanto como a Manhattan en la película del mismo nombre. La metrópoli asimismo había sido el escenario de El Padrino y de La edad de la inocencia, un clásico de Martin Scorsese, con una jovencísima Winona Ryder que por entonces tenía casi su misma edad. Claro, también era la ciudad destruida por King Kong y Godzilla. Katya estaba extasiada.

El tramo hacia Nueva York fue más bien una ocasión para el sueño. Se había embarcado en Lima a las 12.30 de la madrugada, por lo que estaba sin dormir. El vuelo 14302 de American Airlines aterrizó sin contratiempos a la 1.40 pm en el aeropuerto LaGuardia de Nueva York, el tercer aeropuerto principal de la ciudad, después del JF Kennedy, en el mismo Queens, y el Newark en Nueva Jersey. Era el único que faltaba reabrir después del paso del huracán Sandy, que había ocasionado la cancelación de 18 mil vuelos en semanas anteriores. 

Ver el Puente de Brooklyn ya no por televisión sino desde el aire, expandiéndose paulatinamente ante sus ojos, le pareció indescriptible. Welcome to New York decía un letrero al lado de la pista de aterrizaje, adornado por la imagen de una manzana roja en forma de corazón. Curiosamente, sobre uno de los techos de la formidable arquitectura sobresalía un enorme globo de hule simulando una calabaza al estilo Halloween. Hacía frío, pero el ambiente al interior del aeropuerto estaba más bien templado. Katya descendió del avión maravillada por el significado de ese instante. 

Una vez en tierra, la muchacha buscó ansiosamente un teléfono. Su amiga le había anticipado que la empleada de su tío era dominicana, así es que le preguntó directamente en español por Mr. Davenport. Soy Katya, amiga de su sobrina Alissa y él me estaba esperando, le dijo. Señorita, Mr. Davenport ha tenido que viajar urgentemente a Brownsville, en Brooklyn, hace unas horas, su suegro ha sufrido anoche, al parecer, un derrame cerebral. Cuánto lo siento, pero ¿él va a regresar? No sabría decirle. ¿Le habló de mí, me dejó algún recado? Me dijo que le informe de este inconveniente y que no iba a poder atenderla hasta que retorne. Gracias, volveré a llamar más tarde. 

Vaya jugada del destino. Si el tío no aparecía, ¿dónde pasaría la noche? Nunca había estado en Nueva York, no conocía a nadie en esa ciudad y en dos días debía hacer la conexión a Toronto. En fin, quizás lo del suegro no era tan grave y el tío regresaría pronto, para qué perder la calma antes de tiempo. Era recién las 2.00 pm, buscaría la forma de entretenerse en el aeropuerto.

El aroma y los letreros la llevaron hasta el patio de comidas. Almorzaría y esperaría unas horas antes de volver a llamar, de paso le escribiría a su amiga para consultarle la situación. Si tenía que pasar dos noches en un hotel, necesitaba orientación. ¿Vos sos peruana? La pregunta la cogió por sorpresa. Un joven de unos 30 años, argentino a juzgar por el acento, ataviado con el uniforme de uno de los establecimientos de comida rápida, estaba parado junto a ella con una bandeja en la mano. ¿Cómo puedes saberlo?, le preguntó ella con sorpresa. Por aquí pasan muchos latinos, le dijo. Con sólo verlos sé de dónde son.

Katya era una muchacha que no pasaba desapercibida. De un metro setenta de estatura, con una piel levemente acanelada y unos 60 kilos, su lacio cabello negro caía con mucha gracia sobre sus hombros hasta la mitad del torso. Vestía un ajustado jean negro y una blusa roja de seda con encajes y mangas cortas, de cuello en V. Sobre su pecho destacaba una pequeña medalla dorada, del mismo tono y forma de sus aretes. Unos cómodos mocasines negros completaban su atuendo. A pesar de tener una profesión sedentaria –era diseñadora gráfica- su esbeltez podía explicarse fácilmente por su afición al tenis. 

Disculpa, le dijo el chico, pero me emociona encontrarme con gente latina. La actitud acogedora de este joven, que se presentó como Maxi, fue un bálsamo para Katya. Se animó incluso a contarle lo que le estaba ocurriendo para pedirle consejo. Uy, le respondió, si el tío ese no aparece, no te recomiendo salir sola a buscar hoteles. Vos no conocés la ciudad y no podés alojarte en cualquier lugar. Quedáte en el terminal, es lo más seguro. No me irá a pasar lo mismo que a Tom Hanks en la película de Spielberg, le respondió Katya con una sonrisa. No, no, le dijo Maxi riendo, no te quedés a vivir aquí, sólo esperá tu conexión a Toronto. 

Katya vio la hora y decidió que era oportuno volver a llamar a Mr. Davenport. No ha vuelto, le contestó la misma amable señora, pero ha llamado para decir que no regresará sino hasta pasado mañana. La suerte estaba echada. No la recibirían ni habría paseo por Nueva York. Su amiga tampoco había respondido su e-mail, tenía que resolver esta situación por sí misma. Entonces regresó al Patio de Comidas a buscar a Maxi. 

Bueno, le dijo Maxi, lo siento por vos. Yo te ofrecería un lugar en mi depa pero el sitio es pequeño y lo comparto con dos compañeros. Hacé lo que te sugiero, quedáte aquí, no la vas a pasar mal, pero eso sí, te aconsejo que no hablés con nadie. Por aquí pasa toda clase de gente che, desde artistas hasta mafiosos. Mi turno empieza a mediodía, me buscás mañana. 

La joven siguió el consejo. Fue a la sala de espera número 10, que era la que tenía más a la mano, buscó un tomacorriente para conectar su laptop y cargar su celular, y se sentó a revisar su correo mientras encendía su IPod. No había respuesta de Alissa, pero igual le volvió a  escribir. A las 7 de la noche le dio hambre y acudió nuevamente al Patio de Comidas. Maxi ya no estaba. 

Mientras esperaba su orden, un jovencito, de unos 20 años, se le acercó para preguntarle en castellano si sabía en qué sala había que esperar el próximo vuelo a Asunción, Paraguay. Katya recordó entonces a Maxi y su confesada alegría de toparse con sudamericanos en este país. Con gentileza le respondió que no tenía idea, pero que era cuestión de mirar los monitores del corredor ¿Tú a dónde vas?, le preguntó el viajante. A Toronto, le contestó ella, a visitar a una amiga. ¿Es verdad eso?, entonces Dios te ha puesto en mi camino. Un amigo iba a llevar este paquete con medicinas a un familiar en Toronto, pero nos descoordinamos y no logramos encontrarnos ¿Tú me harías el inmenso favor de llevárselo? Mi padre lo recibiría. Sólo pesa tres kilos. Niña, Dios te va a bendecir y yo quedaré obligado contigo para siempre. 

Katya estaba enternecida con el chico y le salió del corazón decirle que sí, que con el mayor de los gustos. Entonces el paraguayo se sentó a su lado, sacó una hoja de papel y empezó a pedirle sus datos: nombre, número de pasaporte, número de celular, número de vuelo y hora de arribo a Toronto. Te voy a tomar después una foto con mi celular niña, para enviársela a mi padre y que pueda reconocerte. Katya se inquietó. Le vino a la mente la advertencia de Maxi: no hables con nadie. El muchachito parecía simpático e inocente, pero el instinto la hizo ponerse de pie. Mira, me vas a perdonar pero creo que no te voy a poder hacer el favor. Le devolvió el paquete, recogió su sándwich, dejó un billete sobre la mesa, cogió su maletín y se dirigió a la sala de espera, dejando atrás a su desconcertado interlocutor, rogándole que regrese. 

Instalada nuevamente en la sala 10, al lado de enormes ventanales que traslucían el brillo de las luces de aviones, buses y remolques, una ligeramente agitada Katya suspiró largamente. Luego mordió su sándwich y abrió su Mc Book. No había correo de Alissa. El reloj marcaba las 8.10 pm. Le esperaba una larga noche. 

Pasadas las 10.00 pm, guardó su laptop y su IPod, se puso la casaca, acomodó bien el maletín entre sus brazos y se hundió en esos incómodos asientos de fibra de vidrio para intentar dormir. Había tanta gente a su alrededor, esperando, yendo y viniendo, que se sentía segura y acompañada. 

Sus ojos se abrieron 10 minutos antes de la medianoche. Había dormido casi dos horas. Algo inquieta revisó sus cosas. Todo estaba en su lugar, afortunadamente. Lo único distinto era una mujer sentada a su lado, de unos 40 años, blusa y pantalón negro, saco blanco delgado y pelo corto, castaño y lacio. Latin girl, where are you going?, le preguntó. Katya estaba todavía medio adormilada y sin darse cuenta le respondió en castellano: me voy a Toronto. ¡Hablas español!, le dijo la mujer. Yo soy de Panamá pero he vivido en Miami casi toda mi vida ¿Viajas sola? Sí, respondió Katya, voy de vacaciones. La misteriosa dama le preguntó si conocía Canadá y si era la primera vez que viajaba, luego le contó que ella viajaba con frecuencia por el mundo representando a una empresa de exportación. Le relató varias anécdotas. Cuando era joven he sido tan intrépida como tú, le dijo, me gustaba viajar sola, no hay nada como la independencia. 

La amable señora le cayó muy bien. Luego de casi una hora de amena charla, la dama, que dijo llamarse Matilde, le hizo una pregunta extraña que tomó a Katya por sorpresa: ¿estás llevando mucho efectivo? No mucho, respondió en voz baja, estoy invitada por mi amiga. Te propongo algo, le dijo Matilde, yo tengo cheques de viajero por 2 mil 500 dólares americanos que me ha dado la empresa, por los que no tengo que rendir cuentas y que no voy a usar. Ya terminé mis actividades y estoy regresando a casa. Yo gano bien hija, en verdad tantos viáticos no me hacen falta. Dame mil dólares y son tuyos. Están al portador. 

Katya se quedó atónita ¡La oferta era muy tentadora! Le agradezco infinitamente, le dijo, pero… sólo tengo 800 dólares. Está bien, respondió Matilde. Acepto tus ochocientos. ¿En serio?, dijo Katya emocionada ¡Estaba a punto de hacer el negocio de su vida! Es verdad, estaba advertida de no hablar con nadie, pero la señora lucía muy respetable. Iba a obtener 1,700 dólares extras a cambio de 800. ¿Qué podía tener de malo?

¿Puedo ver los cheques?, preguntó Katya. Matilde sonrió, abrió su cartera y se los mostró. Eran 25 cheques de American Express, de 100 dólares cada uno ¿Has usado estos cheques alguna vez? No, respondió Katya. Por eso quería verlos. Puedes hacerlos efectivo en cualquier banco o pagar con ellos, le explicó Matilde.

Era verdad. Nunca había visto un cheque de esos. Entonces, ¿cómo saber si eran auténticos?, ¿y por qué tan generosa esta señora con una desconocida? Además, le iba a dar todo su efectivo a cambio de unos papeles raros que jamás había utilizado. Katya se angustió. Disculpe señora, le dijo, voy al baño un momento. Deja nomás tu maletín aquí, le dijo ella. No se preocupe, lo llevo conmigo, lo necesito. 

Katya se dirigió a los baños, se lavó la cara, suspiró profundamente, cogió su bolso y se dirigió a la sala 22. Se instaló en una litera larga de aluminio que brotaba de los ventanales, donde una muchacha de gorrita y mochila roja yacía horizontal entregada a un profundo sueño. Había otras más desparramadas a su lado. El sitio era no menos duro que las sillas, pero al menos podía recostarse. A esas alturas, sólo quería dormir y despertar al mediodía para correr al Food Court a buscar a Maxi. Con él se sentía segura. 

A las 2.20 de la madrugada perdió el sueño. Un hombre de mediana edad, pelo ensortijado y espesa barba rubia estaba sentado a su costado. Tenía zapatillas, medias y pantalón verde, un polo verde y una casaca del mismo color ¿Vendría de Marte? Hola, tú eres peruana, le dijo en un tortuoso pero fluido español. ¿Cómo lo sabe?, respondió sorprendida. Yo lo sé todo, le dijo sonriente. Katya no entendía por qué todo el mundo deducía su nacionalidad sólo con verla, hasta que notó en la etiqueta de su maletín la palabra Lima. El hombre verde resultó ser, además de un pasajero en tránsito como ella, un gran conversador. Le invitó después una taza de chocolate para el frío y a las tres de la mañana ya sabía todo sobre el viaje de Katya y sus azares. Pronto descubrirían además que eran fanáticos de Quentin Tarantino. Conversando sobre Kill Bill, Grindhouse y Jackie Brown les dieron las 4.15 de la mañana. Ya tengo sueño Bob, le dijo ella. 

A esa hora la sala estaba medio vacía. Katya prefirió regresar a su improvisada litera de aluminio para descansar al lado de las otras chicas que todavía seguían allí. Bob le dijo que muy cerca del aeropuerto había un buen hotel a sólo 70 dólares la noche. No gracias, prefiero quedarme aquí y ahorrarme ese dinero. Puedo prestarte, insistió Bob, eso no es problema, además yo te llevo. No Bob, aquí no más me quedo. Te va a doler el cuerpo durmiendo allí y sentirás frío, vamos, no hagas eso, yo también necesito dónde pasar la noche. Katya, sin disimular su incomodidad, reiteró su negativa de un modo más cortante y el hombre verde no porfió más. Quedaron en verse a las ocho de la mañana para desayunar en la cafetería de al lado. 

Pero ella no lo esperó. A las 6.00 am cogió sus cosas y se dirigió de regreso a la sala 10. Allí permaneció toda la mañana, leyendo su libro, enviando correos, revisando su Facebook y evitando postear sobre su situación para no alarmar a su familia. Y dieron las 12. 

A esa hora se dirigió al Patio de Comidas a buscar a Maxi. Al verlo lo abrazó fuerte como a un viejo amigo y le contó todo. El argentino le dijo que había resuelto bien cada situación, pero que se había arriesgado mucho al vincularse de esa forma con extraños. A las siete que termina mi turno te voy a llevar a casa de un primo que vive no muy lejos de aquí y que puede alojarte por una noche. No volverás a pasar por esto. 

Katya aceptó y permaneció allí toda la tarde, leyendo, comiendo cada tanto, charlando a ratos con Maxi, sabiendo que no podía distraerlo mucho en horas de trabajo, y escribiéndole a Alissa, que por fin le respondió, avergonzadísima por la frustración de los planes. Había movido contactos en la ciudad para que alguien la acogiera, sin mayor suerte. Le recomendaba algunos hoteles cercanos muy económicos que tenían servicio gratuito de traslado desde el aeropuerto. Pero Katya le decía que no se preocupe, que sólo faltaba una noche para partir a Canadá y que se estaba divirtiendo en LaGuardia. 

A las siete Maxi concluyó su turno y le dijo vamos, mi primo está viniendo por nosotros. ¿Con quién vive tu primo?, preguntó Katya, tomando conciencia de la situación. Vive solo, pero no te preocupés, yo también me quedo allí esta noche. Tranquila, la vas a pasar bárbaro. 

Katya lo pensó un instante y le dijo que necesitaba ir al baño. Andá, yo te espero aquí, respondió Maxi. La muchacha cogió su maletín, se dirigió a los servicios y no regresó más. 

Esa noche eligió pasarla en la sala 2, la más concurrida del aeropuerto, dormitando sólo a ratos hasta el amanecer. El vuelo a Toronto salía a las 4.00 pm. Se instaló entonces en una pequeña cafetería y aprovechó el día para terminar de leer su libro y avanzar en el diseño del sitio Web de un cliente, algo que había jurado no hacer durante sus vacaciones. 

A las 3.00 pm se levantó de la mesa. Sus pequeños pies la llevaron presurosos a través del larguísimo corredor hasta su sala de embarque. Al fin se acababa todo esto. Entonces, un joven alto y delgado, con lentes oscuros, gorra y jeans negros y un BVD blanco que dejaba ver la musculatura de sus brazos, se sentó a su lado. Era Ian Somerhalder, el actor que interpretó a Damon Salvatore en The Vampire Diaries. Se quedó observándola por un instante. Luego le preguntó, are you Peruvian?


Autor: Luis Guerrero Ortiz
Fecha: Lima,  de  de 2014
Fotografía © floating_stump/ www.flickr.com

3 comentarios:

Cristina Cabrejos dijo...

Muy interesante.
Me gustó.

Veronica Zeballos Herrera dijo...

Linda historia.

daniela sanchez dijo...

Casi pude estar con ella en el aeropuerto... me gusto mucho.

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Fotografía (c) John Earley/ flickr.com