11.2.12

Corre Luciano, corre


Un hombre alto y desgarbado, de terno gris, corre desesperado por la vereda de la avenida César Vallejo, entra al Parque Mariscal Castilla y busca refugio entre los centenares de Cedros, Ficus y Álamos que abarrotan el perímetro. El pulso le va a estallar, el sudor le baña la cara, sus ojos se mueven con nerviosismo hacia todos los lados escrutando el entorno. Cae el atardecer, la luz del día se desvanece con lentitud y los autos que salen de las oficinas empiezan a embrollarse en la avenida, impulsados por la típica ansiedad de la hora del retorno a casa. La calle está ruidosa, pero el bosque luce solitario. Un alterado Luciano Mendiola se aferra con fuerza a su pequeño maletín de cuero, se suelta la corbata roja oculto detrás de un inmenso Eucalipto, y se seca la frente sudorosa con la manga del saco. Sus movimientos son rápidos y enérgicos. Sus músculos están en su máxima tensión. 

Un minuto después, como la sombra de un condenado, abandona los árboles a toda prisa y corre hasta toparse con un enorme caballo ornamental de bronce, que emerge repentino a ras del césped. Se abraza del cuello de ese jamelgo verde y se detiene un momento para ubicarse mejor en el vastísimo espacio. Calcula las distancias, mira su reloj, mira hacia atrás repasando sus pasos en busca de algún indicio de su eventual perseguidor, respira hondo y emprende nuevamente la carrera en medio de los Molles para alcanzar la calle más próxima. 

Lamentablemente y contra todo pronóstico, un Nissan Sunny color verde, al que no vio acercarse por la calle Manuel Villavicencio, se le atraviesa y lo roza de costado arrojándolo violentamente contra la acera. El hombre cae al piso con la pesadez de una pared de ladrillos, sus lentes vuelan por los aires y el maletín se abre, esparciendo sobre el asfalto los misteriosos papeles que contenía. Mendiola tiene ahora un corte en la frente, las rodillas raspadas, una pierna adolorida y el rostro ensangrentado. El aterrado chofer del Nissan baja presuroso a prestarle auxilio, pero el accidentado se pone de pie por sus propios medios, recoge tembloroso sus papeles y sus gafas, se sacude el mugriento y desgarrado traje, y huye del lugar con precipitación antes de volverse objeto de la curiosidad de los transeúntes. 

Al doblar por la calle Mateo Pumacahua, rengueando con estoicismo, observa un edificio en construcción. Es un buen lugar para ocultarse, piensa. Empuja entonces el portón de madera para entrar, pero el perro del guardián se abalanza sobre él con fiereza. Mendiola se defiende usando el maletín como escudo y el animal lo muerde sin misericordia. Arrinconado y horrorizado, a duras penas logra recoger una vara de fierro del suelo con la que golpea rudamente a la bestia, haciéndola huir malherida. Es un edificio blanco de catorce pisos, prácticamente concluido pero al que le faltan sus puertas y ventanas. Un adolorido Mendiola trepa por las escaleras con dificultad y llega jadeante hasta el último piso. Se sienta en el suelo polvoriento de aquella suite sin estrenar, se quita el saco y se suelta aún más la corbata. Sollozante, se coge la cabeza con ambas manos y deja caer algunas lágrimas sobre la sangre seca de sus mejillas. 

Pocos minutos después, el sonido de los pasos sobre los peldaños cubiertos de residuos de madera, arena y cemento se vuelve cada vez más audible. No cabía duda, alguien subía. Mendiola se pone en alerta de nuevo, empuña el fierro y se esconde detrás de una pared. Me han seguido, piensa. Me han seguido hasta aquí. Las pisadas se hacen más y más próximas. Su corazón palpita con frenesí. Sus manos transpiran copiosamente. Sus piernas tiemblan sin control. Entonces, una robusta silueta, precedida por la ahogada luz de una linterna, asoma por el dintel de la puerta de aquel departamento vacío, y antes de que pudiese tener ocasión de nada, un certero fierrazo en la cabeza derrumba al intruso dejándolo inconsciente. Era el guardián del edificio. 

El fugitivo baja entonces los doscientos sesenta escalones y toma la calle con desesperación. En su loca carrera se le ocurre doblar por Trinidad Morán, en el preciso instante en que una camioneta del Serenazgo de Lince hace su ronda por el lugar. Los Serenos se sorprenden de ver a un hombre tan descalabrado, sucio, con el rostro cubierto de sangre, y detienen su marcha. Mendiola los mira con igual asombro, acelera sus pasos y aprovecha el preciso instante en que le abren la puerta del garaje al auto de un vecino, para ingresar atropelladamente a su domicilio en busca de refugio. Los policías municipales miran la escena con estupefacción, bajan de su vehículo y le siguen los pasos a toda prisa, entran también a la vivienda y le indican al pasmado dueño de casa que mejor espere afuera. 

Mendiola ahora se dirige apresuradamente al segundo piso de esa elegante residencia, en medio de los ladridos estrepitosos de un excitadísimo Shih-Tzu. Una aterrada anciana, oculta en la cocina y con una sartén en la mano, le indica a los serenos que el intruso ha subido. Pero Mendiola ya está en la azotea y ha trancado la puerta de acceso. Su corazón va a explotar, su respiración está en su máximo nivel de aceleración, tiene la cabeza empapada, pero sus manos arañadas y ennegrecidas se siguen aferrando al maletín con angustia. Sus empañados lentes no le dejan ver con claridad una ruta posible de escape.

Entonces asoma sigilosamente a la calle, nota desde arriba que la camioneta del Serenazgo está vacía y que el solitario dueño de casa sigue parado en la vereda con su auto todavía encendido. En ese instante, la puerta de la azotea se remece con los violentos golpes de los serenos, quienes le ordenan a gritos que abra de inmediato. Es cuando toma una decisión audaz: saca medio cuerpo sobre el murito de contención y se lanza a la terraza del segundo piso, para bajar luego al primero trepando con destreza por el enrejado de los ventanales. En menos de dos minutos, Mendiola ya está en la vereda. Derriba entonces al desconcertado señor de un soberbio empujón, se trepa a su Hyundai Tucson y lo pone en tercera para agarrar la pista con mayor ligereza. En el instante en que los serenos salen a la calle, alertados por los gritos del hombre caído, Mendiola ya tenía una cuadra de ventaja y estaba doblando por Cipreses en dirección a Javier Prado. 

Los serenos se suben a su pick up jeep comanche y van tras él a toda marcha. Un agitadísimo Mendiola ya está a punto de ingresar a Javier Prado, pero la congestión no se lo permite. Está atascado. Dos serenos bajan de la camioneta y corren hacia el auto del fugitivo aprovechando las circunstancias pero, de repente, los carros empiezan a avanzar y el Hyundai entra a la avenida junto a un grupo de autos no menos impacientes. Mendiola hunde entonces el pie en el acelerador y haciendo temerarias maniobras zigzagueantes logra ubicarse en el carril izquierdo. En pocos minutos se ha perdido de vista. Los serenos regresan frustrados a su vehículo para avisar por radio a la policía del rumbo que tomó el sospechoso.

Más allá, en el cruce de Javier Prado con Salaverry, el tránsito se ha detenido. Una camioneta Suzuki 4x4 ha chocado con un Hyundai Tucson que se pasó la luz roja. Un hombre alto y desgarbado, con un raído terno gris y la cara cubierta de sangre coagulada, yace inconsciente sobre la vereda. A su lado hay un maletín de cuero bastante ajado por mordidas que parecen ser de perro y un medio centenar de hojas en blanco esparcidas por la pista. 

Cuando llegan los bomberos, los paramédicos lo colocan en una camilla y lo revisan en busca de una identificación. En efecto, en el arrugado Documento Nacional de Identidad número 05084277 que encuentran en su billetera todavía puede leerse con claridad: Luciano Mendiola López. En uno de los bolsillos de su saco encuentran también dos pomos vacíos de pastillas. La etiqueta de uno de ellos dice Carbonato de Litio (600 mg), y la otra, Clorpromazina (200 mg), dos psicofármacos indicados para prevenir, en el primer caso, episodios maníaco-depresivos agudos y, en el segundo, el llamado síndrome delirante crónico, más conocido como paranoia. 


Autor: Luis Guerrero Ortiz
Fecha: Lima, 10 de marzo de 2014
Fotografía © Eloy Issy MB/ www.flickr.com

1 comentario:

Ana Carbajal dijo...

Me agoté con Mendiola. Cuántos Mendiolas habrán a nuestro alrededor y son causas de muchos problemas en las relaciones humanas. Ya sabemos que, puede ser un motivo patológico y no necesariamente voluntario y conciente. Un poco de más tolerancia no nos haría mal. Gracias por compartir, Luis.

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Fotografía (c) John Earley/ flickr.com