7.1.15

La protegida de Dios


Le decían Canela, quizás por ser morena o a lo mejor por la dulzura de su trato y el buen aroma que dejaba después de una buena conversación. No era una mujer muy alta pero su personalidad era enorme y le daba la talla que en verdad merecía tener. A sus 40 años, estaba convencida de que había dejado ya de llamar la atención de los hombres y se negaba a aceptar el hecho de vivir más y mejor asediada que al cumplir los 20. En su sencillez, Canela no aceptaba su condición de intelectual y, sin embargo, era inocultablemente inteligente, locuaz, cautivadora, los alumnos de la facultad –varones en su mayoría- amaban el periodismo sólo cuando estaban con ella y era la única con la que aceptaban trabajar en todo cuanto se les pedía sin chistar. Es por estas y por otras razones más que su repentina e inexplicable ausencia sumió a sus amigos, colegas y alumnos de la universidad en la más grande consternación.

Fue una mañana de primavera, a fines de octubre del 98, que sus alumnos se sorprendieron de no verla llegar. En todos los años que llevaba a cargo de esa cátedra, no faltó ni una sola vez y aun con fiebre, migraña o dolor de estómago no se perdía nunca una clase. Ocurrió lo mismo en los días siguientes y fue recién después de una semana –cansados ya de timbrar su teléfono o tocar la puerta de su departamento en Barranco- que denunciaron su desaparición. Canela no tenía familia en Lima. Ella siempre decía que era hija única y que sus padres habían fallecido hacía más de quince años. No había primos ni tíos, aunque sí una red muy amplia de amistades, ahora hundidas en el desconcierto.

Cuando la policía allanó su vivienda encontró todo en su lugar. No había señales de robo o de lucha. Ni las puertas ni las ventanas lucían violentadas. La pequeña mesa de la cocina estaba servida, con una taza de café ya frío y a medio beber, algunas tostadas con mantequilla apenas mordisqueadas, una caja abierta de cereal y un vaso de yogurt sin abrir, la televisión encendida y toda la ropa en el closet. No había indicios de alguna presencia extraña. La tierra se la tragó, un OVNI la secuestró o, simplemente, huyó de algo o de alguien de manera intempestiva.

Canela –Estela López para los extraños- llegó a Lima seis años atrás y sus méritos académicos le permitieron acceder sin dificultad a la cátedra de Introducción al Periodismo y a la conducción del Taller de Crónicas. Había hecho muchas amistades en el mundo intelectual de Lima, aunque sus fines de semana no hacía vida social, prefería recluirse en su departamento en Barranco a avanzar una tesis de maestría, según refería siempre a manera de excusa. En su Hoja de Vida decía que venía de enseñar en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata.

Germán, uno de sus alumnos más devotos, era el más golpeado por el suceso. El joven, de 22 años y cabeza rapada, que cubría siempre con una gorra negra, acostumbraba sentarse en primera fila para observar extasiado el despliegue de histrionismo de su profesora favorita. El cabello suelto, la falda corta y la armonía de su rostro color canela, adornado por sus finos lentes Guess de color negro, aportaban razones adicionales para mantener la atención en ella. Por lo demás, Canela le había concedido muchas horas de consejo y orientación en sus intereses periodísticos, claramente inclinados a la investigación y la política, una tutoría que había contribuido a nutrir minuciosamente su ya declarada admiración por ella.

Por esos días Germán debía viajar a la Argentina para atender asuntos familiares –su hermano menor estudiaba derecho en la Universidad de Buenos Aires- y aprovechó para averiguar sobre Canela en su antigua universidad. A lo mejor había regresado a La Plata y sus antiguos amigos de esa facultad sabían dónde encontrarla. Las autoridades universitarias lo atendieron con mucha amabilidad, pero la noticia de que ninguna Estela López había enseñado allí lo dejó estupefacto. La verdadera titular de los cursos que habrían estado a su cargo en esa época, según su CV, era Andrea Viviani, una destacada comunicadora que, por casualidad, también desapareció repentinamente seis años atrás, abandonando la cátedra. El muchacho logró tener acceso al Currículum Vitae de la Viviani y la fotografía no dejaba lugar a dudas: era Canela, aunque con cabello corto, ensortijado y castaño, no negro, largo y lacio como el de Estela. No usaba lentes.

Germán no obtuvo ninguna información útil sobre las razones de la desaparición de Andrea Viviani. Para todos sus allegados fue siempre un enigma, pues ella se fue dejando intactas todas sus cosas, su ropa, sus libros, sus enseres y hasta su canario. Se supo tiempo después que había logrado cerrar sus cuentas bancarias, lo que hizo sospechar de un robo o una huida. Tampoco se le conocía familia en Argentina. El «Pelao», como le decían sus compañeros en la facultad, estaba anonadado.

Andrea era encantadora, y a pesar de ser tan carismática vivía de manera solitaria, le contó Guillermo, uno de los profesores más próximos a ella. Nunca se le conoció un pibe. Le gustaba encerrarse en su casa a trabajar los fines de semana, decía que estaba haciendo una investigación para la tesis de una maestría que había llevado hace años en España. Nos dijo que quería graduarse ya y que por eso se aislaba. Ella vivía en Belgrano, en una torre residencial frente a las Barrancas. Tenía un mastín inglés, qué bárbaro perro, metía miedo. El día que ella desapareció se lo encargó a un vecino del edificio, eso se supo días después. 

En el Currículum Vitae de Viviani figuraba también que, cuatro años antes, había enseñado en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Externado, en Bogotá. Germán tenía colegas y amigos cercanos en esa ciudad, así que no perdió tiempo en encargarles una indagación adicional. Pero, ninguna Andrea Viviani había trabajado en esa universidad. Entonces les pidió que averigüen si en el medio periodístico se sabía del caso de alguna colega con las características físicas de Canela que hubiera desaparecido de la noche a la mañana sin dejar rastro.

En efecto, la nueva pista dio mejor resultado. La periodista más destacada en el área de investigación durante esos años, que un buen día también desapareció envuelta en el misterio, había sido Gina Linares, del diario El Espectador. Sus colegas colombianos especulaban un secuestro, riesgo al que se enfrentaba cualquier periodista que se atreviera a indagar sobre hechos de violencia, narcotráfico y política. En las profundidades de esas negras aguas Gina acostumbraba sumergirse con valentía. De hecho, una investigación suya había desatado un escándalo político y había provocado la detención de un juez, un jefe policial y dos diputados, expresiones visibles de una extensa red de corrupción, de insospechados alances. 

Cuando Germán recibió la fotografía de la Linares en su celular, se le aceleró el corazón. Esa pelirroja de cabello largo y ondulado era, sin duda, una Canela más joven, de unos 30 años de edad.  

Con el apoyo económico del decano de su facultad, mentor de Germán, amigo cercano de Canela y muy interesado en el caso, el chico partió a Bogotá a entrevistarse con José Pacheco, uno de los periodistas más veteranos de El Espectador y mentor de Gina, según le habían referido. Don José era un hombre locuaz, alto y flaco, de pelo cano y voz grave, siempre ataviado con un terno impecable. Él le contó que ella fue objeto de seguimientos extraños durante su investigación y recibió varias amenazas de muerte, antes y después que salió publicada la serie de artículos que documentaban sus hallazgos. Era valiente, arriesgada, a veces demasiado imprudente, se metió muy al fondo de un pozo de serpientes y pagó las consecuencias. 

Las palabras del viejo se entrecortaban a veces o demoraban en salir. Hacía continuas pausas para aspirar su cigarro y no dejaba de jugar con el botón de su saco. Esa pequeña y luminosa oficina, atiborrada de papeles, paneles de corcho con avisos urgentes, teléfonos de múltiples botones y computadoras de última generación, pudo ser el tipo de ambiente en que Canela o Estela o Andrea o Gina o como se llamase, empezó a labrar el destino del que ahora era víctima. 

A ella le mataron al esposo. 

Al parecer, esa era la frase que a José Pacheco le había costado tanto pronunciar. La dijo de manera directa, mirándole a los ojos. Germán se paralizó por unos segundos. Canela había estado casada y a causa de una tragedia había quedado viuda.

Fue un drama terrible. Fue el cumplimiento de una amenaza. Le habían dicho que no la matarían a ella sino a los que más amaba. Gina tomó nota del hecho y envió a sus padres a Estados Unidos, a casa de un familiar, con su pequeño hijo de 10 meses. No los envió por vuelo comercial sino en el avión privado del dueño de este diario, los sacó a escondidas. Aquí los reportó como desaparecidos. Yo lo sé porque fui el que le dio la idea. Se lo cuento porque ya han pasado 10 años desde entonces y porque sus planes era trasladarlos después a otro lugar. Nadie sabe dónde están ahora. 

Don José, ¿y por qué no se fue con ellos? 

Porque no quería abandonar su investigación, después que los despachó ella continuó publicando, haciendo nuevas revelaciones, Gina era una mujer fuerte y obstinada. No era de las que se rinden. Tenía el apoyo de todos nosotros, pero la que firmaba sus notas era ella y después de este episodio colocaba «a la memoria de mi esposo» al final de cada uno de sus artículos. 

Entonces, ¿cómo y por qué se hizo humo?

Fue un incidente confuso el que rodeó su desaparición. Apareció un día una persona muerta en su casa con dos balazos en el cuerpo y de Gina no se supo más. Ella estaba armada, se había entrenado para defenderse de cualquier ataque y se presume que fue ella misma quien lo abatió, aunque al sujeto no le encontraron armas. La hipótesis que ha prevalecido es que fue secuestrada, pese a que no se hallaron señales de violencia en el departamento. Al muerto, un joven de 22 años, no le encontraron antecedentes y no había nada en su historia que lo vinculara a ella. Pudo haber sido su primer trabajo como sicario. Quizás se lo «sembraron» para inculparla después. Recuerde que parte de la policía estaba involucrada en la mafia. Eso jamás se esclareció. Pero la historia que usted me cuenta me lleva a pensar que Gina está viva. Ahora me explico una cosa.

¿Qué cosa? Cuénteme don José, ¿hay un cabo suelto?

Pues desde que Gina desapareció he venido recibiendo cada dos o tres meses un sobre con nuevas revelaciones sobre la red de corrupción que ella investigó. Las firma siempre un tal Abel Santos, que de seguro es un seudónimo. Hemos usado esa información para continuar la indagación periodística de este diario y le ha sido muy útil a la investigación judicial. Han seguido cayendo más encumbrados personajes, aunque se sospecha que es sólo el 10% de todos los implicados. Un dato recibido hace un mes permitió encarcelar nada menos que al fiscal de la nación. No se imagina la conmoción que esto ha causado aquí. Ha sido un golpe durísimo para esta banda. 

Germán regresó a Lima aturdido, asustado y confuso. Le resultaba difícil conciliar la imagen de la mujer cuya gracia y lucidez académica había admirado tanto, con la historia de esta aguerrida luchadora contra el crimen organizado. Lo primero que hizo fue buscar a Gutiérrez, el decano de la facultad de periodismo, para compartir la información reunida y ensayar algunas conclusiones. Por lo pronto ya no cabían dudas: Estela López era Gina Linares y había protegido su identidad para proseguir con su investigación. Ahora faltaba esclarecer qué circunstancias en particular motivaron su huida de Colombia, Argentina y Perú, quién la perseguía, si seguía viva y cuál era su paradero. ¿Se trataba acaso de una mafia internacional? ¿Hasta dónde llegaban sus tentáculos? 

Me interesa mucho esta historia, dijo Gutiérrez, rompiendo el tenso silencio que invadió su austera oficina cuando el muchacho concluyó su relato, pero me interesa más Estela. Por favor, siga indagando Germán, sólo le pido que lo haga con prudencia, si está viva y libre, no hay que sacar nada a la luz que la ponga en riesgo. Por ahora, su misión es contactarla. Haga un trabajo pulcro, que yo le daré valor académico. Honre a esta facultad y honre también a su maestra. 

Entretanto, en el bungalow número 17 de una hostería ecológica ubicada en el km. 121 de la vía Quito-Calacalí-La Independencia, Ecuador, rodeada de una flora resplandeciente, con más de 35 mil especies de plantas y hermosas aves de toda clase, una agraciada mujer de unos cuarenta años y tez canela acaba de recortar sus largos cabellos negros, para teñirlos después de color rubio. Ensaya ahora frente al espejo una moda casual, mientras piensa en el nombre que combine mejor con su nueva apariencia. Podría ser Fabiola, Mariel o quizás Samara, que en arameo significa «la protegida de Dios». 


Autor: Luis Guerrero Ortiz
Fecha: Lima, 7 de enero de 2015
Fotografía © Lorena Reyes/ www.flickr.com

2.1.15

Vete de mí



- Te dije que te largues, ¿no entiendes castellano, imbécil?
- Nada me haría más feliz que dejar de verte
- ¡Lárgate entonces! ¿o quieres que yo misma saque tus porquerías a la calle?
- Hasta ayer, eso es lo que iba a hacer, me iba a ir, pero lo he estado pensando mejor
- De cuándo acá piensas, estúpido
- Pues he estado pensando y creo que mejor te vas tú
- Muy graciosito, no me da risa, baboso, no quiero verte aquí cuando regrese
- Lo digo en serio, no me iré, me quedo, si la vida conmigo te parece insoportable, vete tú

Piedad tenía el rostro enrojecido. Hacía una semana que habían acordado separarse. Parada al pie de la puerta, a punto de salir, con los dedos de las manos contraídos y los labios temblando, calculaba el furor de sus próximas palabras. 

- ¿Estás borracho?, ¡ahora quieres que yo me vaya! Eso sí que estuvo bueno
- Sí, pero me dejas a la bebe, yo me hago cargo de Alejandra
- Primero muerta, tarado de mierda, eso jamás
- Mira Piedad, vivimos modestamente, pero en cada silla, en cada libro, en cada olla, en cada sábana, he dejado la vida. Ahora que al fin tenemos una cama dónde dormir amaneces con ganas de no verme. Si ya no te gusta, entonces vete, ¿por qué voy a irme yo?
- Tú nunca estás en casa, ¿qué diferencia hay? Si he podido arreglármelas sola hasta ahora, puedo seguir así, no te necesito imbécil, ¿no lo entiendes?
- ¡Ja!, además de atender en la bodega de lunes a domingo, hago limpieza en la oficina de Pedro, hago trabajos extras en el almacén de Alonso, encima estudio en la universidad en las noches, mientras tú sólo te dedicas a tu cursito de computación, ¿ya te olvidaste? 
- Calla la boca estúpido, para ganar cuatro reales te desapareces todo el día y yo me quedo aquí reventada con la bebe, ni traes la plata que se necesita ni estás para ayudarme.
- Muy bien, búscate entonces a alguien con más plata, pero nuestra hija se queda conmigo, te conviene, te estoy quitando una carga, no tendrás que reventarte más por causa de ella. 
- Huevón, ¡ni siquiera sabes cambiar un pañal!
- Qué rápido olvidaste quién se los cambiaba en las noches, y que Alejandra ya pide hace rato.

Saúl se paró de la mesa y se dirigió con parsimonia hacia el caño a lavar su taza. Piedad seguía parada en la puerta del cuarto, con la mochila en la mano. Tenía los ojos humedecidos. 

- Eres un maricón, yo no soporto más tener que verte la cara todos los días, quedamos en que te ibas, ¡tú no te vas a quedar aquí ni un día más!
- Quedamos en que me iba, sí, pero eso no es justo. La que se cansó eres tú. Si no quieres vivir conmigo, búscate otro lugar. Además, ¿cómo vas a pagar el alquiler si tú no trabajas?
- ¡Ese es mi problema, no el tuyo!
- Piedad, tú no vas a traer a nadie a disfrutar de todo lo que yo compré con mi esfuerzo y a criar a mi hija, si quieres estar con otro, hazlo, ningún papel nos amarra, pero no aquí.
- Lo que haga con mi vida no es tu asunto, imbécil, además, tanto aspaviento para las cuatro cochinadas que has comprado en dos años, como si fueran la gran cosa. 
- Yo no tengo herencia, a mí nadie me regala el dinero, lo poco que he podido conseguir lo he hecho con mi trabajo y lo he traído con ilusión, que pena saber que no significa nada para ti.
- Esa fue mi mala suerte, enredarme con un muerto de hambre, que encima me sacó una hija.
- Te recuerdo que tú insististe, yo te decía que esperemos. Éramos estudiantes. 
- Pensé que ibas a hacer algo por ella, pero me equivoqué, ¡habías sido un bueno para nada!
- Se te hace tarde, vas a perder tus clases, ¿por qué no vas de una vez?

Saúl le dio la espalda y se puso a lavar la vajilla. Le temblaban las manos. En el tenso silencio que se produjo de pronto, pensó por un instante en cómo sería su vida de padre soltero con Alejandra. 

- ¡Muérete mierda!

El sonido de la jarra de agua sobre la cabeza de Saúl haciéndose añicos fue aterrador. Por fortuna, era una jarra de vidrio corriente, de esas que se quiebran con facilidad. 

- ¿Te has vuelto loca? –gritó Saúl, enfurecido.
- ¡Loca será tu madre, hijo de puta!
- Sal de esta casa Piedad, ¡sal ahora mismo! ¡Vete a tus clases!
- No me da la gana, tú lárgate de una vez, ¡voy a botar tus cosas a la calle!
- ¡Mira lo que has hecho! Vas a despertar y asustar a la bebe, ¡basta de escándalos!

La muchacha empieza entonces a coger los libros de Saúl y a arrojarlos por la ventana. Él se acerca y coge su brazo con fuerza para detenerla. 

- ¡Me estás pegando! ¡Sólo eso faltaba, cobarde de mierda! ¡Que le pegues a una mujer!
- No te estoy pegando, sólo quiero que dejes mis cosas.
- ¡Cobarde, cobarde! ¡Suéltame, auxilio!
- Piedad, suelta mis libros y deja de patearme.
- ¡Maricón, me estás pegando!

Saúl da un paso atrás y se aleja de la ventana. Se sienta en el piso de la cocina y se coge la cara con las manos. Tiene la cabeza ensangrentada. Llora en silencio. 

- Muy macho eres, maricón, eres una basura.
- Piedad, déjame en paz por favor, no soporto esto…
- ¡Entonces lárgate!
- Por favor ¡basta! ¡Y deja de patearme!
- ¡Párate imbécil! ¡Párate y lárgate!

Saúl se incorpora y se dirige a la puerta sin decir palabra. Sus músculos están en estado de máxima tensión. 

- ¡Si te vas llévate tus cosas, no quiero ver nada tuyo en esta casa!
- No me voy a ir, entiéndelo, sólo quiero salir de aquí, no quiero seguir discutiendo contigo
- Eres tan maricón como tu padre, que asco me das.
- ¿Qué has dicho?
- ¡Que tu padres es un huevón y tu madre una puta de mierda!  
- ¿Qué te han hecho mis padres? ¡La pelea es conmigo! ¿por qué los metes a ellos?
- Porque los odio, estúpido, los odio tanto como a ti, son dos pobres diablos, tres contigo
- ¡No tienes derecho a expresarte así! 

Piedad lanza un puñetazo sobre la cara de Saúl, lo escupe y se ríe burlonamente. 

- Yo digo lo que me da la gana, ¿qué me vas a hacer?, ¿me vas a pegar?

Él retrocede, la mira con furia, coge una silla de madera y la levanta amenazante sobre su cabeza. 

- ¡Ahhhhhhhh!

Saúl estrella la silla contra la pared con una fuerza inaudita y la parte en seis pedazos. Piedad enmudeció. Se dirige después al cuarto a paso lento, mete libros, ropa y cosas de aseo personal en dos mochilas. 

- Papi, ¿qué sonó así?, ¿a dónde te vas?
- Duérmete hijita…


Autor: Luis Guerrero Ortiz
Fecha: Lima, 02 de enero de 2015
Fotografía © Malla León/ www.flickr.com

29.12.14

Todo será diferente


Jugaba con el lápiz desganadamente, con la mirada extraviada entre las tenues líneas de este cuaderno abigarrado de garabatos sombríos. La voz del profesor sonaba a la distancia como una música de fondo particularmente ajena. Fue entonces cuando le llegó la primera nota. De parte de Elena, le dijo Toño en voz baja y con una sonrisa cómplice. El pequeño sobrecito rosa no tenía nombre de destinatario. La nota era de ella, aunque no estaba dirigida a él. Si no hubiese llegado a conocerla como lo hizo, habría pensado que esta entrega se trataba de un error. Pero sabía que no. Arturo siempre fue su enemigo más odiado y ella quería que sepa que ahora andaban juntos.

La clase estaba por terminar, los estudiantes empezaban a guardar con inquietud sus libros y sus apuntes de clase, mientras el profesor terminaba de escribir en la pizarra el correo electrónico donde debían enviar sus trabajos. El interés por la estadística se le había ido extinguiendo en las últimas semanas y no quería volver a escuchar sobre variables discretas y continuas ni sobre la media y la mediana. Ésta y todas las clases se habían convertido en un murmullo insípido, monótono e irritante, desde que Elena decidió irse de su vida para siempre.

La nota, escrita a mano, era directa y vulgar. El tono lujurioso y cada una de las palabras elegidas no dejaban dudas acerca del tipo de relación que ahora tenía con Arturo. Renzo sintió un dolor intenso en la boca del estómago y una opresión en el pecho que en vano trató de disimular mientras salía del salón.

Qué te pasa, le dijo Toño, ¿te sientes mal? No, no, todo está bien, respondió Renzo. ¿Se trata de Elena?, replicó Antonio. Recuerda que Elena y yo terminamos hace tres meses, reaccionó él con incomodidad, y te suplico que no me vuelvas a alcanzar notas de ella. Toño no insistió más. En efecto, desde que esa pareja se desarmó, su amigo se había aislado mucho más y había regresado a ocupar ese espacio vacío en el que parecía sentirse protegido del mundo.

Renzo era un muchacho sencillo, muy destacado en los estudios y admirado por las chicas, pero algo tímido, siempre ajustado de plata y de vida más bien solitaria. Elena, una hermosa joven, deportista, sociable y extrovertida, encontró muy pronto la forma de acercarse a él. Cuando pasaron de ser amigos que se juntan a estudiar, a una pareja arrebatadamente enamorada, Renzo se volvió objeto de envidia de sus compañeros y de preocupación de sus amigos más cercanos. En los dos años que se conocían, a la susodicha no le habían visto nunca dar la vida por nadie y se sabía en cambio que dominaba con maestría el delicado arte de romper corazones.

Una semana después, fue en la cafetería de la universidad donde le entregaron la segunda nota. Se la dio Raúl, el empleado que recoge el servicio de las mesas. Me la entregó un joven que no conozco, le dijo a Renzo. Me pidió que te la diera en la mano. Renzo abrió el pequeño sobre celeste con nerviosismo. Escrita con bolígrafo de punta fina sobre un delicado papel Kimberly de color amarillo, la carta estaba firmada por Elena y dirigida a James Carreño, el profesor de estadística, haciendo un pormenorizado recuento de su último encuentro sexual en el almacén de la facultad.

El muchacho había llevado hasta entonces una vida más bien sosegada para su edad y aunque había tenido enamoradas, nunca había tenido experiencia de la crueldad ni el sadismo. Elena le había hecho vivir momentos de fantasía, pero era exigente y mordaz, no salirse con la suya la sacaba de sus casillas y él la había hecho enojar más de una vez negándole algún capricho, no por falta de amor sino de dinero o de tiempo, ya que a él sí le mortificaba faltar a clases. Esto, sin embargo, era un exceso. Es verdad que ya lo había amenazado antes con sustituirlo por los chicos que más odiaba, describiéndole las supuestas razones por las que esos tipos la excitaban de manera especial, sólo para despertar sus celos. No obstante, jamás imaginó que pasaría a la acción para hacérselo saber después con lujo de detalles. Él no había dejado de amarla y ella lo sabía, de otro modo no usaría esas notas para hacerle daño.

Las amigas de Elena podían dar fe de que esa relación comenzó con una apuesta. Renzo era un chico guapo, pero su timidez y su ingenuidad, que contrastaban con la inteligencia de sus intervenciones en clase, llamaban aún más la atención de las chicas. Como él era esquivo y no acostumbraba salir de cacería como sus demás amigos, Elena les dijo a sus amigas que ella se lo metería a la cartera en un abrir y cerrar de ojos. Eso fue exactamente lo que pasó, varios días después de pedirle ayuda para el curso de historia universal.

Un lunes por la tarde, Renzo entró a la biblioteca como acostumbraban hacerlo muchos después de almorzar para gozar de una siesta discreta. Fue cuando el bibliotecario, un viejo conocido suyo, le entregó la tercera nota, metida en un pequeño sobre, esta vez de color verde. Él lo guardó en su casaca sin abrirlo y se dirigió en automático al cubículo más lejano. Se sentó, dejó la mochila en el piso, colocó el libro sobre la mesa, sacó el sobrecito de su bolsillo, lo puso sobre sus papeles y lo contempló por largo rato sin abrirlo. Algunas lágrimas terminaron mojando la superficie verde del portador de esa nueva burla. ¿Por qué estaba haciendo esto?, ¿qué podía explicar tanto odio?

Es verdad, él le había pedido una tregua hace tres meses, no porque hubiera dejado de amarla sino porque no podía soportar más tanta presión sobre su vida, sobre esa vida tranquila y rutinaria de la que había gozado antes de estar con ella. Elena lo asfixiaba con sus pedidos, ahora era una fiesta, luego un paseo, después el cine, más tarde sexo, en seguida un chifa, mañana otra fiesta y otra vez más sexo. Él quería tomarse un respiro. Pero Elena nunca aceptaba un no. A mí nadie me deja, eso fue lo último que ella le dijo antes de marcharse, a modo de amenaza.

Dos semanas después, en la clase de Lógica I, Renzo se dormía. Justo cuando el profesor explicaba el significado de la lógica proposicional, Marta le pasó la voz por detrás. Oye, no te duermas, te va a ver el profesor. Un chico me dio esta cartita para ti antes de la clase. No me dijeron de parte de quién. Renzo abrió los ojos de par en par, tomó el sobre, un sobre blanco esta vez, se paró y salió del salón respirando con agitación. Se fue directo a los baños. Aún tenía en la mochila la tercera nota, la de color verde, sin abrir. Entonces la abrió y leyó con espanto una encendida declaración de amor erótico que Elena dirigía a un tipo cuyo nombre le resultaba vagamente familiar.

Renzo temblaba, volvió a llorar y se odió tanto a sí mismo que deseó no haber nacido. Si alguien como Elena era capaz de humillarlo así, de seguro era porque lo merecía. Se sentía indigno de amor y de respeto. Pensó en su madre, en su hermana mayor, en la ternura de la que fue objeto en sus primeros años, no entendía en qué parte del camino había perdido la gracia de dios. Luego sintió bronca, se le llenaron las venas de furia hacia Elena, hacia la primera mujer que había cometido la maldad de revelarle la poca cosa que ahora creía ser. Fue cuando decidió ir a buscarla.

Elena acostumbraba estar a esas horas en el gimnasio y él llegó justo cuando terminaba su entrenamiento. Renzo –exclamó ella con sorpresa al verlo- ¿leíste mi carta? De eso quiero hablarte, le dijo, por favor vamos a conversar aquí atrás. Los dos jóvenes salieron por la parte posterior de las instalaciones en busca de soledad. Renzo, le expresó Elena compungida, todo lo que he te he dicho en mi última carta es verdad. Lo suponía, respondió él entre sollozos y cubriéndose el rostro con las dos manos. Vine a decirte que nunca conocí a nadie tan mala como tú, pero supongo que soy yo el que no vale nada para que me humilles así… Basta por favor, le dijo Elena intentando retirarle las manos de la cara. ¡No me toques!, gritó el chico, avergonzado de sus lágrimas. Ella insistió en descubrirle el rostro y entonces forcejaron, pero Elena trastabilló y fue a caer sobre una vieja máquina de remo depositada en el traspatio. La muchacha cayó pesadamente entre los fierros de ese oxidado armatoste.

Sin atinar a reaccionar, clavada la mirada en el vacío, Renzo se sentó en el piso, junto al cuerpo inerte de la mujer que aún amaba locamente. Con los ojos llenos de lágrimas, abrió el cuarto sobre enviado por ella. Ya no importaba nada. Quería enterarse de su cuarta aventura, quizás para mitigar el miedo y el dolor de esos instantes con una nueva y más fuerte dosis de rencor. Este último sobre era uno normal de tamaño carta, al igual que la hoja simple de papel en la que Elena le suplicaba perdón por las notas anteriores, todas son falsas Renzo, jamás me atrevería a tocar a nadie después de haber conocido el amor contigo, he actuado como una chiquilla engreída y vengativa, siento vergüenza de mí misma. Pero si estás dispuesto a perdonarme, te prometo que todo será diferente. 



Autor: Luis Guerrero Ortiz

Fecha: Lima, 16 de diciembre de 2014
Fotografía (c) Fabrizio/ www.flickr.com

27.12.14

Todo será diferente

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21.12.14

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18.5.14

La bala atrapada

Denisse había desaparecido hacía tres días y estábamos a 24 horas del espectáculo. Al principio pensé que estaba enojada conmigo, pues habíamos discutido un poco sobre los números de esa noche y no había aceptado ninguna de sus sugerencias. Al segundo día, sin embargo, la estuve llamando a toda hora y su celular estaba siempre apagado. El resentimiento no podía durarle tanto. Además, teníamos la responsabilidad del show, ella nunca me abandonaría en estas circunstancias. Desde que nos asociamos hace tres años, nunca he salido solo a escena y ella jamás me ha fallado. El tercer día llamé a sus padres y ellos me dijeron que no sabían nada de Denisse desde el lunes que vino a mi taller. Aunque me resistía a pensar que algo malo le hubiera pasado, mi angustia era mayúscula y la noche del jueves estaba al borde de la desesperación... seguir leyendo

6.4.14

Unchain my heart

Siéntate por favor, te tengo buenas noticias. De los 27 postulantes al cargo, has sido seleccionado como el mejor. Sólo tengo que elevar un informe autorizando tu contratación y ya eres parte de esta oficina. Como sabes, vas a ganar 2 mil quinientos soles al mes. Sólo hay un detalle por resolver. Mira, yo soy el jefe de esta área y aunque no lo creas, gano menos que eso. Antes de firmar la conformidad de tu ingreso voy a pedirte una colaboración. Necesito que me deposites por adelantado tus dos primeros sueldos en esta cuenta... seguir leyendo

23.3.14

Nunca dudes que te amé

 - ¡Te dije que le calentaras la comida a Esteban!
- Pero eso he hecho
- Esta no es su comida ¡Yo le había preparado algo especial!
- ¿Y cómo puedo yo saberlo?
- ¡Tú nunca sabes nada! ¡No puedes colaboras en algo tan simple!
- Yo lo llevo al nido, lo hago dormir cada noche, lo baño todos los días…
- ¡Oh, cuánto sacrificio! ¡Pobrecito! ¡Ahora eres la víctima y yo la malvada!
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19.3.14

Que me parta un rayo

Marcial Mendoza, qué duda cabe, era un tipo taciturno. Sus enrojecidos ojos contagiaban melancolía, sus largos silencios invadían cada conversación de un pesar inexplicable, sus palabras –las pocas veces que se animaba a hablar de sí mismo- solían estar cargadas de nostalgia. Peor aún, sus continuos rechazos a cada entusiasta invitación a la disipación de sus amigos lo fueron proyectando en sus círculos más íntimos como un hombre huraño... seguir leyendo

10.3.14

Corre Luciano, corre

Un hombre alto y desgarbado, de terno gris, corre desesperado por la vereda de la avenida César Vallejo, entra al Parque Mariscal Castilla y busca refugio entre los centenares de Cedros, Ficus y Álamos que abarrotan el perímetro. El pulso le va a estallar, el sudor le humedece el rostro, sus ojos se mueven con nerviosismo hacia todos los lados escrutando el entorno. Cae el atardecer, la luz del día se desvanece con lentitud y los autos que salen de las oficinas empiezan a embrollarse en la avenida, impulsados por la típica ansiedad de la hora del retorno a casa... leer más

2.3.14

No me digas que me amas

¿Tú me extrañas? La pregunta, que intentaba formular con nerviosismo desde hacía media hora, le quebró la voz pero encendió y humedeció sus ojos, hasta ese instante atenuados por el miedo. Había reclamado mucho esta conversación y le había sido siempre esquiva. Ahora tenía nuevamente frente a sí su rostro de ninfa adolescente, sus largos cabellos alisados cayendo con gracia inigualable sobre sus hombros descubiertos, el entallado y liviano vestido azul que eligió para esta cita, su mirada piadosa y... Leer más

23.2.14

Mi madre se va a morir

No lo soporto. Ya no. Quiero que todos se vayan. No me voy a mover hasta que todos se vayan. Cállense y váyanse por dios. Estoy tan lejos de casa, no sé cómo volver, no tengo mi cartera ni mi celular, cómo salir sola a la carretera a esta hora. Porque me trajiste a esto Pilar, jamás te lo voy a perdonar. Mira mi ropa, mira mi cara, mírame, estoy hecha una mierda, cómo voy a regresar así a la casa, por qué te hice caso. No entiendo cómo puedes estar feliz de la vida aquí, yo no te conocía así Pilar, dormimos en el mismo cuarto desde que éramos niñas y ahora me doy cuenta que eres una completa extraña para mí, no te conozco. Mi madre se va a morir. Por qué te hice caso, qué cojuda he sido... seguir leyendo

17.2.14

El saco

Hacía más de dos años que no me ponía este saco. Está bien conservado, fue buena idea guardarlo en su funda de poliéster. Lo usé muy seguido en esa época, pero ahora ni me acordaba que existía. Vaya, todavía me queda bien y luce como casi nuevo. Es Pierre Cardín después de todo, cien por ciento lana. Está decidido, lo usaré esta mañana. Debo antes cepillarme los dientes pero sin el saco, pues una sola gota de pasta se pega sobre la tela con igual fervor que una gota de vino. Necesito llegar puntual, a las 8.30 empieza la reunión y yo soy quien la convoca... seguir leyendo

7.2.14

El umbral

Cristian abrió los ojos de pronto. Había amanecido más temprano que de costumbre. Encendió la TV y desde su cama empezó a observar relajado las noticias de la mañana, hasta que recordó que era sábado… ¡Debía ir por Brenda! Habían acordado hace un mes hacer un tour de compras al barrio chino –ella necesitaba renovar su stock de peluches para su trabajo de animación infantil y allí podía encontrar más variedad a más bajo precio- y diversas circunstancias habían ido postergando esa escapada... seguir leyendo

2.2.14

Fuga al infinito

Desde el fin de su adolescencia, Benito empezó a tomar distancia de la familia. Entonces me pareció natural. Su estrenada juventud y su ingreso a la universidad lo llevaron a organizar su vida con esa libertad que no había gozado antes en casa. Siempre fue parco, solitario, reservado con sus cosas desde niño, pero la mayoría de edad hizo más nítida esa manera de ser. A mi madre siempre le preocupó ese estilo. Déjalo ser, solía decirle, es buen muchacho. Y en verdad lo era, noble, amable, un poco ingenuo, incapaz de enojarse con nadie... seguir leyendo

Todos mis cuentos

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Fotografía (c) John Earley/ flickr.com